“Sí, madre, de eso estoy segura”, dijo Meg, escuchando con respeto la pequeña perorata; pues la mejor de las mujeres suele explayarse sobre el tema absorbente por excelencia de las faenas domésticas.
“¿Sabes?, esta habitación es la que más me gusta de toda mi casita”, añadió Meg un minuto después, mientras subían las plantas y echaba un vistazo a su bien surtido armario de ropa blanca.
Beth estaba allí, colocando ordenadamente las blancas pilas en los estantes y regodeándose ante la hermosa hilera. Las tres se echaron a reír cuando Meg habló, pues aquel armario de la ropa blanca era motivo de broma. Verán, tras haber dicho que si Meg se casaba con «ese tal Brooke» no recibiría ni un céntimo de su dinero, la tía March se había encontrado en un aprieto cuando el tiempo calmó su ira y la hizo arrepentirse de su juramento. Jamás quebraba su palabra, y andaba muy preocupada sobre cómo sortearla, hasta que por fin ideó un plan con el que quedar