intención del mundo, Jo sofocó las escenas animadas que aliviaban el carácter sombrío del relato. Luego, para rematar la ruina, lo redujo una tercera parte y, confiada, envió el pobrecito romance, como un petirrojo desplumado, al gran y ajetreado mundo a probar suerte.
Bueno, fue publicado, y ella recibió tres dólares por él; asimismo, abundantes elogios y críticas, ambos tan superiores a lo que esperaba que quedó sumida en un estado de desconcierto del que tardó algún tiempo en recuperarse.
—Dijiste, madre, que la crítica me ayudaría; pero ¿cómo puede hacerlo, cuando es tan contradictoria que no sé si he escrito un libro prometedor o he quebrantado los diez mandamientos? —exclamó la pobre Jo, hojeando un montón de reseñas cuya lectura la llenaba de orgullo y alegría un minuto, y de ira y profunda consternación al siguiente.
—Este hombre dice: “Un libro exquisito, lleno de verdad, belleza y sinceridad; todo es dulce, puro y saludable” —continuó la desconcertada autora.
—El siguiente: “La teoría del libro es mala, llena de fantasías morbosas, ideas espiritistas y personajes antinaturales”. Ahora bien, como yo no tenía ninguna teoría de ningún tipo, no creo en el espiritismo y copié a mis personajes de la vida real, no veo cómo este crítico puede tener razón.
Otro dice: “Es una de las mejores novelas estadounidenses que han aparecido en años” (yo sé que no es para tanto); y el próximo afirma que, “aunque es original y está escrita con gran fuerza y sentimiento, es un libro peligroso”. ¡No lo es!
Unos se burlan de él, otros lo alaban en exceso, y casi todos insisten en que yo tenía una profunda teoría que exponer, cuando solo lo escribí por placer y por dinero. Ojalá lo hubiera publicado íntegro o no lo hubiera publicado en absoluto, porque detesto que me juzguen tan mal.