Si hubieran conocido los diversos pasajes tiernos del año pasado, o más bien los intentos de pasajes tiernos que habían sido truncados de raíz, habrían tenido la inmensa satisfacción de decir: «Ya te lo decía yo». Pero Jo detestaba el «coqueteo» y no lo permitía, teniendo siempre a mano una broma o una sonrisa ante el menor indicio de peligro inminente.
Cuando Laurie fue a la universidad por primera vez, se enamoraba más o menos una vez al mes; pero estas pequeñas llamas eran tan breves como ardientes, no causaban ningún daño y divertían mucho a Jo, quien se interesaba un montón por las alternancias de esperanza, desesperación y resignación que él le confiaba en sus charlas semanales.
Pero llegó un momento en que Laurie dejó de rendir culto en tantos altares, insinuó vagamente una pasión que lo abarcaba todo y se entregó ocasionalmente a arrebatos de melancolía al estilo de Byron. Entonces empezó a evitar por completo el tierno tema, le escribía notas filosóficas a Jo, se volvió estudioso y anunció que iba a «empollar», con la intención de graduarse en medio de una gloria rutilante.
Esto le convenía más a la joven que las confidencias al atardecer, los apretones tiernos de manos y las miradas elocuentes, pues en Jo el cerebro se desarrolló antes que el corazón, y prefería a los héroes imaginarios antes que a los de carne y hueso porque, cuando se cansaba de ellos, a los primeros se los podía encerrar en la alacena de hojalata hasta nuevo aviso, mientras que los segundos eran menos manejables.
Las cosas estaban en este estado cuando se hizo el gran descubrimiento, y esa noche Jo observó a Laurie como nunca antes lo había hecho. Si no se le hubiera metido esa nueva idea en la cabeza, no habría visto nada inusual en el hecho de que Beth estuviera muy callada y Laurie fuera muy amable con ella. Pero, habiendo dado rienda suelta a su viva imaginación, esta se desbocó a gran velocidad; y el sentido común, algo debilitado por una larga racha de escritura romántica, no acudió al rescate.