Llegaron temprano; y mientras la señorita Crocker tejía el talón de su media, Jo se entretenía examinando los rostros de las personas que ocupaban el asiento con ellas.
A su izquierda había dos matronas, de frentes prominentes y sombreros a juego, que discutían sobre los derechos de la mujer y hacían encaje de frivolité. Más allá se sentaba una pareja de enamorados humildes, que se tomaban de la mano con sencillez, una solterona sombría que comía caramelos de menta de una bolsa de papel y un anciano que tomaba su siesta preparatoria detrás de un pañuelo de seda amarillo.
A su derecha, su único vecino era un muchacho de aspecto estudioso absorto en la lectura de un periódico.
Era una hoja ilustrada, y Jo examinó la obra de arte más cercana a ella, preguntándose ociosamente qué infeliz concatenación de circunstancias requería la melodramática ilustración de un indio con su atuendo de guerra completo, cayendo por un precipicio con un lobo en la garganta, mientras dos jóvenes enfurecidos, con pies desnaturalizadamente pequeños y ojos grandes, se apuñalaban mutuamente muy cerca, y una mujer desaliñada huía en el fondo con la boca abierta de par en par.
Al detenerse para pasar una página, el muchacho la vio mirando y, con bondad propia de su edad, le ofreció la mitad de su periódico, diciéndole sin rodeos: «¿Quieres leerlo? Es una historia de primera».
Jo lo aceptó con una sonrisa, pues nunca había perdido su predilección por los muchachos, y pronto se vio envuelta en el laberinto habitual de amor, misterio y asesinato, ya que el relato pertenecía a esa clase de literatura ligera en la que las pasiones se toman unas vacaciones y, cuando la inventiva del autor falla, una gran catástrofe despeja el escenario de la mitad de los dramatis personæ, dejando que la otra mitad se regodee en su caída.