—Las peleas de muchachas se olvidan pronto —respondió su madre, sintiéndose un poco avergonzada de su propia participación en aquella, como bien podía—.
Las pequeñas recibieron a Amy y a sus tesoros con júbilo, y esa cordial acogida calmó un poco su espíritu turbado, de modo que se puso manos a la obra, decidida a triunfar en lo floral, ya que no podía en lo artístico. Pero todo parecía ponerse en su contra: era tarde y estaba cansada; todos andaban demasiado ocupados en sus propios asuntos como para ayudarla; y las niñas no hacían más que estorbar, pues las queridas criaturas correteaban y parloteaban como urracas, armando un gran alboroto en sus ingenuos intentos por mantener el orden más perfecto. El arco de hoja perenne no se mantenía firme una vez levantado, sino que se tambaleaba y amenazaba con derrumbarse sobre su cabeza cuando las cestas colgantes estuvieron llenas; su mejor loseta recibió una salpicadura de agua, dejando una lágrima sepia en la