dejar que las frescas brisas marinas devolvieran un poco de color a sus pálidas mejillas.
No era un lugar de moda, pero, incluso entre la gente agradable que allí había, las muchachas hicieron pocas amistades, prefiriendo vivir la una para la otra.
Beth era demasiado tímida para disfrutar de la sociedad, y Jo, demasiado entregada a ella como para importarle nadie más; así que lo eran todo la una para la otra, y venían yiban, del todo inconscientes del interés que despertaban en quienes las rodeaban, que observaban con ojos compasivos a la hermana fuerte y a la débil, siempre juntas, como si sintieran instintivamente que una larga separación no estaba muy lejana.
Ellas lo sentían, pero ninguna habló de ello; pues a menudo entre nosotros y aquellos que nos son más cercanos y queridos existe una reserva que resulta muy difícil de superar.
Jo sintió como si un velo hubiera caído entre su corazón y el de Beth; pero cuando alargó la mano para levantarlo, pareció haber algo sagrado en el silencio, y esperó a que Beth hablara. Se preguntaba, y también se sentía agradecida, que sus padres no parecieran ver lo que ella veía; y, durante las semanas de tranquilidad, cuando la sombra se hizo tan evidente para ella, no dijo nada al respecto a los de casa, creyendo que se revelaría por sí misma cuando Beth regresara sin haber mejorado.
Se preguntaba aún más si su hermana adivinaba realmente la dura verdad, y qué pensamientos pasaban por su mente durante las largas horas en que yacía sobre las cálidas rocas, con la cabeza en el regazo de Jo, mientras los vientos soplaban saludablemente sobre ella y el mar hacía música a sus pies.
Un día Beth le habló. Jo pensó que estaba dormida, tan quieta yacía; y, dejando su libro, se sentó a mirarla con ojos melancólicos, tratando de ver señales de esperanza en el leve color de las mejillas de Beth.