las cosas mundanas, sino en la riqueza superior del amor, la confianza y la felicidad.
Pues el rostro de Amy estaba lleno de la suave luminosidad que denota un corazón apacible, su voz poseía una nueva ternura, y su porte fresco y circunspecto había dado paso a una dulce dignidad, a la vez femenina y cautivadora.
Ninguna pequeña afectación lo deslucía, y la cordial dulzura de sus modales resultaba más encantadora que la nueva belleza o la gracia de antes, pues la investía de inmediato con el sello inconfundible de la verdadera dama en la que había esperado convertirse.
—El amor ha hecho mucho por nuestra pequeña —dijo la madre en voz baja.
—Ha tenido un buen ejemplo ante los ojos toda su vida, querida —susurró el señor March a modo de respuesta, con una mirada de amor hacia el rostro ajado y la cabeza canosa a su lado.
Daisy encontró imposible apartar los ojos de su «pobre tía», pero se aferró como un perrito faldero a la maravillosa dueña de la casa llena de encantos deliciosos.
Demi se detuvo a considerar la nueva relación antes de comprometerse con la aceptación precipitada de un soborno, que adoptaba la tentadora forma de una familia de osos de madera de Berna.
Un movimiento de flanco produjo, sin embargo, una rendición incondicional, pues Laurie sabía muy bien por dónde pillarlo.
«Joven, cuando tuve por primera vez el honor de conocerle, me dio un golpe en la cara; ahora exijo la satisfacción propia de un caballero»; y, dicho esto, el alto tío procedió a zarandear y revuelver al pequeño sobrino