para él, y de vez en cuando me miraba con una expresión de suave desesperación que hacía que para mí fuera cara o cruz reír o llorar. Probé de ambas maneras; y cuando llegó a un sollozo de total mortificación y pena, él simplemente arrojó la gramática al suelo y salió de la habitación a grandes zancadas. Me sentí deshonrada y abandonada para siempre, pero no lo culpaba ni un ápice, y estaba juntando mis papeles a toda prisa, con la intención de subir corriendo y sacudirme con fuerza, cuando entró, tan vivaz y radiante como si me hubiera cubierto de gloria. > > “—Ahora probaremos un nuevo camino. Tú y yo leeremos juntos estos agradables pequeños Märchen y no cavaremos más en ese libro seco, que va al rincón por darnos problemas. > > “Habló con tanta amabilidad, y abrió los cuentos de hadas de Hans Andersen de forma tan tentadora ante mí, que me sentí más avergonzada que nunca y me puse manos a la obra con un entusiasmo a todo o nada que pareció divertirle inmensamente. Olvidé mi timidez y me fajé con todas mis fuerzas (ninguna otra palabra lo expresará), tropezando con palabras largas, pronunciando según la inspiración del minuto y haciendo mi mayor esfuerzo. Cuando terminé de leer mi primera página y me detuve a tomar aliento, aplaudió y exclamó, a su modo cordial: «Das ist gute! ¡Ahora vamos bien! Me toca. Yo lo hago en alemán; dame tu oído». Y se arrancó, mascullando las palabras con su fuerte voz y un deleite que era bueno tanto de ver como de oír. Afortunadamente el cuento era «El soldadito de plomo», que es cómico, ya sabes, así que pude reír
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XXXIII. El diario de Jo
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