—Si Dios le perdona la vida a Beth, trataré de amarle y servirle el resto de mi vida —respondió Jo con igual fervor.
—Ojalá no tuviera corazón, me duele tanto —suspiró Meg tras una pausa.
—Si la vida a menudo es tan dura como esto, no veo cómo vamos a salir adelante —añadió su hermana con desánimo.
Aquí el reloj dio las doce, y ambas se olvidaron de todo al observar a Beth, pues les pareció notar un cambio en su rostro pálido. La casa estaba silenciosa como la tumba, y nada más que el lamento del viento rompía el profundo silencio. La agotada Hannah dormía, y nadie salvo las hermanas vio la pálida sombra que parecía cernirse sobre la pequeña cama. Pasó una hora, y no ocurrió nada salvo la silenciosa marcha de Laurie hacia la estación. Otra hora más; todavía no venía nadie, y los temores angustiosos de que hubiera retrasos por la tormenta, o accidentes en el camino, o, lo peor