entre chaparrón y chaparrón. La tía Mary me consiguió algunas cosas nuevas, pues salí con tanta prisa que no estaba ni a mitad de lista. Un sombrero blanco y pluma azul, un vestido de muselina a juego y la esclavina más hermosa que jamás hayáis visto. Comprar en Regent Street es absolutamente espléndido; las cosas parecen muy baratas—bonitas cintas a solo seis peniques la yarda. Me hice provisiones, pero compraré mis guantes en París. ¿No suena eso como de lo más elegante y rico? “Flo y yo, por pura diversión, pedimos un coche de alquiler hansom, mientras la tía y el tío estaban fuera, y fuimos a dar una vuelta, aunque nos enteramos después de que no era de buena educación que las señoritas montaran en ellos solas. ¡Fue tan cómico! porque cuando nos encerró el faldón de madera, el hombre condujo tan rápido que Flo se asustó y me dijo que lo detuviera. Pero él iba arriba atrás en alguna parte y yo no podía alcanzarlo. No oyó mis gritos ni vio que yo agitaba mi sombrilla al frente, y allí estábamos, completamente desvalidas, traqueteando y dando vueltas en las esquinas a una velocidad de vértigo. Por fin, en mi desesperación, vi una puertecita en el techo y, al empujarla para abrirla, apareció un ojo rojo y una voz aguardendosa dijo— “«¿Y bien, señora?». “Di mi orden con la mayor seriedad que pude y, al cerrar de golpe la puerta con un «¡De acuerdo, señora!», el hombre hizo que su caballo caminara como si fuera hacia un funeral. Volví a empujar y dije: «Un poco más rápido»; entonces arrancó a toda carrera como antes, y nos resignamos a nuestro destino. “Hoy el día estuvo despejado y fuimos a Hyde Park, muy cerca de aquí, pues somos más aristocráticos de lo que parecemos. El duque de Devonshire vive cerca. A menudo veo a sus lacayos holgazaneando en la puerta trasera; y la casa del duque de Wellington no está lejos. ¡Qué espectáculos vi, querida
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XXXI. Nuestro corresponsal en el extranjero
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