—¿No podrías hacerlo ahora? —preguntó Laurie, con tanta malicia que Jo le cerró la verja en las narices con inhóspita prisa y le gritó a través de los barrotes—: Vete, Teddy; estoy ocupada.
Gracias a los conspiradores, las tornas cambiaron aquella noche; pues Hayes envió un bosque de flores, con una preciosa cesta, dispuesta a su mejor modo, como centro de mesa; luego la familia March salió en masa, y Jo se esmeró con cierto propósito, ya que la gente no solo acudía, sino que se quedaba, riendo de sus tonterías, admirando el gusto de Amy y, al parecer, disfrutando muchísimo. Laurie y sus amigos se lanzaron gallardamente a la brecha, compraron los ramos, acamparon ante la mesa e hicieron de aquel rincón el lugar más animado de la sala. Amy estaba en su elemento ahora y, por agradecimiento si por nada más, se mostró tan alegre y amable como le fue posible, llegando a la conclusión, por entonces, de que la virtud era su propia recompensa, después de todo.