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nydus/Little WomenPublic
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XLIV

decir que me gusta más servir a un caballero venido a menos que a un mendigo adulador; supongo que está mal, pero así es, aunque sea más

—Porque hace falta un caballero para hacerlo —añadió el otro miembro de la sociedad de admiración doméstica.

—Gracias, mucho temo no merecer tan bonito cumplido. Pero iba a decir que, mientras andaba holgazaneando por el extranjero, vi a un buen número de jóvenes talentosos haciendo todo tipo de sacrificios y soportando auténticas penurias con tal de realizar sus sueños.

Magníficos muchachos algunos de ellos, trabajando como héroes, pobres y sin amigos, pero tan llenos de valor, paciencia y ambición, que me avergoncé de mí mismo y anhelé darles un buen empujón.

Esa es la gente a la que da satisfacción ayudar, pues si tienen genio, es un honor que a uno le permitan servirles y no dejar que se pierda o se retrase por falta de combustible para mantener la olla hirviendo; si no lo tienen, es un placer consolar a esas pobres almas y evitar que caigan en la desesperación cuando llegan a descubrirlo.

“Sí, en efecto; y hay otra clase que no puede pedir, y que sufre en silencio. Sé algo de ello, pues pertenecí a ella antes de que me hicieras una princesa, como el rey hace a la mendiga en la vieja historia.

Las muchachas ambiciosas lo pasan mal, Laurie, y a menudo tienen que ver pasar la juventud, la salud y las preciosas oportunidades, solo por falta de una pequeña ayuda en el momento preciso.

La gente ha sido muy amable conmigo; y siempre que veo a muchachas luchando, como solíamos hacerlo nosotras, quiero tender la mano y ayudarlas, tal como fui ayudada”.

—¡Y así lo harás, como el ángel que eres! —exclamó Laurie, decidido, con un ardor de celo filantrópico, a fundar y dotar una institución destinada

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