vestido de seda azul que ya no me queda, y lo llevarás para complacerme, ¿verdad, cariño?
—Eres muy amable, pero a mí no me importa mi viejo vestido, si a ti tampoco; sirve bastante bien para una niña pequeña como yo —dijo Meg.
—Ahora déjame complacerme vistiéndote con elegancia. Me encanta hacerlo, y serías toda una pequeña belleza, con un toque aquí y allá. No dejaré que nadie te vea hasta que termines, y entonces irrumpiremos ante ellos como Cenicienta y su madrina, yendo al baile —dijo Belle, en su tono persuasivo.
Meg no pudo rechazar el ofrecimiento que tan amablemente se le hacía, pues el deseo de ver si sería «una pequeña belleza» después de unos arreglos hizo que aceptara y olvidara todos sus anteriores sentimientos incómodos hacia los Moffat.