las manos antaño atareadas tan débiles y ajadas, los labios antaño sonrientes por completo mudos, y el cabello antaño bonito y bien cuidado desparalegado, áspero y enredado sobre la almohada. Todo el día yacía así, despertando tan solo de vez en cuando para murmurar: «¡Agua!», con los labios tan resecos que apenas podían formar la palabra; todo el día Jo y Meg revoloteaban a su alrededor, vigilando, esperando, aguardando y confiando en Dios y en su madre; y todo el día la nieve cayó, el viento helado sopló con furia y las horas transcurrieron lentamente.
Pero la noche llegó por fin; y cada vez que el reloj daba la hora, las hermanas, sentadas todavía a ambos lados de la cama, se miraban con ojos brillantes, pues cada hora acercaba más la ayuda. El médico había pasado a decir que algún cambio, para bien o para mal, tendría lugar probablemente hacia la medianoche, hora a la que regresaría.
Hannah, bastante agotada, se tendió en el sofá a los pies de la cama y cayó profundamente dormida;
el señor Laurence marchaba de un lado a otro en el salón, sintiendo que prefería enfrentarse a una batería rebelde antes que al rostro preocupado de la señora March al entrar;
Laurie yacía en la alfombra, fingiendo descansar, pero mirando fijamente el fuego con la mirada pensativa que hacía que sus ojos negros fueran bellamente suaves y claros.
Las niñas nunca olvidaron esa noche, pues no consiguieron conciliar el sueño mientras hacían guardia, con esa terrible sensación de impotencia que nos invade en horas como aquellas.
—Si Dios le perdona la vida a Beth, nunca volveré a quejarme —susurró Meg con fervor.