siempre; hablar la cansaba, los rostros la inquietaban, el dolor la reclamaba como suyo, y su espíritu tranquilo se vio dolorosamente perturbado por los males que afligían a su endeble carne. ¡Ay de mí! Qué días tan pesados, qué noches tan largas, tan largas, qué corazones doloridos y súplicas fervientes, cuando aquellos que más la amaban se veían forzados a ver las manos delgadas tendidas hacia ellos de manera suplicante, a oír el amargo grito: «¡Ayúdame, ayúdame!» y a sentir que no había ayuda. Un triste eclipse del alma serena, una dura lucha de la joven vida contra la muerte; pero ambas fueron misericordiosamente breves, y entonces, pasada la rebelión natural, la antigua paz regresó más hermosa que nunca. Con los restos de su frágil cuerpo, el alma de Beth se fortaleció; y, aunque hablaba poco, quienes la rodeaban sentían que estaba lista, veían que la primera peregrina llamada era asimismo la más idónea, y esperaban con ella en la orilla, intentando ver a los Seres Resplandecientes que venían a recibirla cuando cruzara el río.
Jo no la dejó ni por una hora desde que Beth había dicho: «Me siento más fuerte cuando estás aquí».
Dormía en un diván de la habitación, despertándose a menudo para avivar el fuego, alimentar, levantar o atender a la paciente criatura que rara vez pedía algo y «procuraba no ser una molestia».
Todo el día rondaba la habitación, celosa de cualquier otra enfermera, y más orgullosa de ser elegida entonces que de cualquier honor que su vida le hubiera traído jamás.
Horas preciosas y provechosas para Jo, pues ahora su corazón recibía la enseñanza que necesitaba; le enseñaban lecciones de paciencia con tanta dulzura que no podía dejar de aprenderlas; la caridad para con todos, el espíritu encantador que sabe perdonar y olvidar de verdad la grosería, la lealtad al deber que hace que lo más difícil parezca fácil, y la fe sincera que nada teme, sino que confía sin vacilar.