Empecinado en demostrar que no estaba ofendido, se mostró tan amable como le fue posible: enrolló lana para Meg, recitó poesía para complacer a Jo, sacudió piñas de los pinos para Beth y ayudó a Amy con sus helechos, demostrando ser digno de pertenecer a la Sociedad de la Abeja Laboriosa. En medio de una animada discusión sobre las costumbres domésticas de las tortugas (uno de aquellos apacibles animales se había acercado paseando desde el río), el débil sonido de una campanilla les advirtió que Hannah había puesto el té «a reposar» y que justo tendrían tiempo de llegar a casa para cenar.
—¿Puedo volver otra vez? —preguntó Laurie.
—Sí, si te portas bien y te gusta tu libro, tal como se les dice a los niños del silabario que hagan —dijo Meg sonriendo.
—Lo intentaré.
“Entonces puedes venir, y te enseñaré a hacer punto como los escoceses; ahora hay mucha demanda de calcetines”, añadió Jo, agitándolo como si fuera un gran estandarte de lana azul, mientras se despedían en la verja.
Aquella noche, cuando Beth tocó para el señor Laurence en la penumbra, Laurie, de pie en la sombra de la cortina, escuchó al pequeño David, cuya música sencilla siempre calmaba su espíritu melancólico, y observó al anciano, que estaba sentado con la cabeza gris apoyada en la mano, pensando con ternura en la niña muerta que tanto había amado.
Recordando la conversación de la tarde, el chico se dijo a sí mismo, con la determinación de hacer el sacrificio de buen grado:
«Renunciaré a mi castillo y me quedaré con el querido viejo mientras me necesite, pues soy todo lo que tiene».