ya no dicen nada al respecto, sino que aceptan el hecho en silencio y, si son sensatas, se consuelan recordando que tienen veinte años más, útiles y felices, en los que pueden aprender a envejecer con gracia. No os burléis de las solteronas, queridas niñas, pues a menudo se esconden romances muy tiernos y trágicos en los corazones que laten tan tranquilamente bajo los vestidos sobrios, y muchos silenciosos sacrificios de juventud, salud, ambición y del amor mismo hacen que los rostros marchitos sean hermosos a los ojos de Dios. Incluso con las hermanas tristes y amargadas debe tratarse con bondad, porque se han perdido la parte más dulce de la vida, si por ninguna otra razón; y, mirándolas con compasión, no con desprecio, las muchachas en su plenitud deben recordar que ellas también pueden perderse la época de la floración; que las mejillas sonrosadas no duran para siempre, que los hilos plateados aparecerán en el lindo cabello castaño y que, poco a poco, la amabilidad y el respeto serán tan dulces como el amor y la admiración de ahora.
Caballeros, lo que significa muchachos, sed corteses con las solteronas, por muy pobres, sencillas y santurronas que sean, pues la única caballería que vale la pena es aquella que está más dispuesta a rendir deferencia a los ancianos, proteger a los débiles y servir a las mujeres, sin importar rango, edad o color. Recordad simplemente a las buenas tías que no solo os han regañado y alborotado, sino que también os han cuidado y mimado, a menudo sin recibir agradecimiento; los apuros de los que os han sacado, las «propinas» que os han dado de sus escasos ahorros, las puntadas que los pacientes dedos viejos han dado por vosotros, los pasos que los dispuestos pies viejos han dado, y con gratitud dispensad a las queridas viejitas las pequeñas atenciones que a las mujeres les encanta recibir mientras vivan.