ofrecido a adoptar a una de las chicas cuando llegaron los apuros, y se había ofendido mucho al ver que su oferta era rechazada. Otros amigos les dijeron a los March que habían perdido toda posibilidad de ser recordados en el testamento de la rica anciana; pero los desprendidos March se limitaron a decir:
“No podemos renunciar a nuestras niñas por una docena de fortunas. Ricas o pobres, seguiremos juntas y seremos felices las unas con las otras”.
La anciana se negó a hablarles durante un tiempo, pero al encontrarse por casualidad con Jo en casa de unos amigos, algo en su rostro cómico y sus modales bruscos le llamó la atención a la anciana, y le propuso que fuera su dama de compañía.
A Jo esto no le convenía en absoluto; pero aceptó el puesto ya que no surgía nada mejor y, para sorpresa de todos, se llevó de maravilla con su irascible pariente.
Había alguna que otra tempestad y, una vez, Jo se había marchado a casa declarando que no lo soportaba ni un minuto más; pero la tía March siempre se calmaba enseguida y la mandaba llamar de vuelta con tanta urgencia que ella no podía negarse, pues en el fondo la anciana irascible le caía bastante bien.
Sospecho que el verdadero atractivo era una gran biblioteca de buenos libros, la cual había quedado a merced del polvo y las arañas desde que murió el tío March. Jo recordaba al amable anciano, que solía dejarla construir vías férreas y puentes con sus grandes diccionarios, le contaba historias sobre las extrañas láminas de sus libros en latín y le compraba bolsitas de pan de jengibre siempre que se la encontraba en la calle. La habitación sombría y polvorienta, con los bustos mirando fijamente desde las altas estanterías, los sillones acogedores, los globos terráqueos y,