que fuese, coció a fuego lento con cierto propósito, pues cada vez se sentía más descontento con su vida deshilvanada, empezó a anhelar un trabajo real y serio al que entregarse en cuerpo y alma, y finalmente llegó a la sensata conclusión de que no todo el que amaba la música era compositor. Al regresar de una de las grandes óperas de Mozart, interpretada espléndidamente en el Teatro Real, repasó la suya propia, tocó algunas de las mejores partes, se quedó mirando fijamente los bustos de Mendelssohn, Beethoven y Bach, que le devolvían la mirada ben évolamente; luego, de repente, hizo trizas sus partituras, una a una, y, mientras la última aleteaba fuera de su mano, se dijo sobriamente a sí mismo: —¡Ella tiene razón! El talento no es genio, y no puedes lograr que lo sea. Esa música me ha quitado la vanidad como Roma se la quitó a ella, y no voy a seguir siendo un charlatán. Y ahora, ¿qué voy a hacer?
Aquello parecía una pregunta difícil de responder, y Laurie empezó a desear tener que ganarse el pan de cada día.
Ahora, si alguna vez lo había, se presentaba una oportunidad propicia para «irse al diablo», como él mismo expresó una vez con contundencia, pues tenía mucho dinero y nada que hacer, y, como dice el refrán, a Satanás le encanta proporcionar empleo a las manos llenas y ociosas.
El pobrecillo tenía bastantes tentaciones por fuera y por dentro, pero las resistía bastante bien; pues, por mucho que valoraba la libertad, valoraba aún más la lealtad y la confianza, de modo que su promesa a su abuelo, y su deseo de poder mirar a los ojos con honradez a las mujeres que lo amaban y decirles «Todo va bien», lo mantenían a salvo y firme.
Muy probablemente alguna señora Grundy observará: «No me lo creo; los chicos son chicos, los jóvenes tienen que cometer locuras de juventud y las mujeres no deben esperar milagros». Me atrevo a decir que no, señora Grundy, pero aun así es verdad. Las mujeres obran bastantes milagros, y tengo el convencimiento de que