“¡Y esa es nuestra fría, reservada y mundana Amy! De veras, el amor obra milagros. ¡Qué muy, muy felices deben de ser!”
Y Jo juntó las crujientes hojas con mano cuidadosa, como quien cierra las cubiertas de una hermosa novela que atrapa al lector hasta que llega el final y se halla a sí mismo de nuevo a solas en el mundo cotidiano.
Al poco tiempo, Jo vagó hacia el piso de arriba, porque llovía y no podía salir a caminar. Un espíritu inquieto se apoderó de ella, y el viejo sentimiento regresó, no tan amargo como antes, sino con una tristeza paciente y perpleja sobre por qué una hermana debía tener todo lo que pedía y la otra nada. No era verdad; ella lo sabía e intentaba alejarlo, pero el anhelo natural de afecto era fuerte, y la felicidad de alguien —la de Amy— despertó el hambriento deseo de tener a alguien a quien «amar con corazón y alma, y a quien aferrarse mientras Dios permitiera que estuvieran juntos».
Arriba en el desván, donde terminaban las inquietas deambulaciones de Jo, había cuatro pequeños cofres de madera en fila, cada uno marcado con el nombre de su dueña y cada uno lleno de reliquias de la infancia y la juventud, terminadas ya para todas.
Jo echó un vistazo a su interior, y cuando llegó al suyo, apoyó la barbilla en el borde y se quedó mirando distraídamente la caótica colección, hasta que un atado de viejos cuadernos de ejercicios llamó su atención. Los sacó, los hojeó y revivió aquel agradable invierno en casa de la amable señora Kirke.
Al principio había sonreído, luego adoptó un gesto pensativo, después triste, y cuando llegó a un breve recado escrito de puño y letra del profesor, sus labios comenzaron a temblar, los libros se deslizó de su regazo y se quedó mirando las amigables palabras, como si adquirieran un nuevo significado y tocaran una fibra sensible en su corazón.