—Allí viene Ned Moffat; ¿qué querrá? —dijo Laurie, frunciendo el entrecejo, como si no considerara a su joven invitado como una incorporación agradable al grupo.
—Se apuntó para tres bailes, y supongo que vendrá a buscarlos. ¡Qué aburrimiento! —dijo Meg, adoptando un aire lánguido que divirtió muchísimo a Laurie.
No le volvió a dirigir la palabra hasta la hora de la cena, cuando la vio beber champán con Ned y su amigo Fisher, que se estaban portando «como un par de tontos», según se dijo Laurie a sí mismo, pues sentía una especie de derecho fraternal a velar por las March y librar sus batallas siempre que se necesitara un defensor.
—Mañana te estallará la cabeza si bebes mucho de eso. No lo hagas, Meg; ya sabes que a tu madre no le gusta —susurró él, inclinándose sobre el sillón de ella, mientras Ned se giraba para volver a llenarle la copa y Fisher se agachaba a recoger el abanico.
—Esta noche no soy Meg; soy «una muñeca» que hace toda clase de locuras. Mañana me quitaré las «plumas y zarandajas» y volveré a ser desesperadamente buena —respondió con una risita afectada.
—Ojalá fuera mañana ya, entonces —murmuró Laurie, alejándose, muy a disgusto por el cambio que veía en ella.
Meg bailó y coqueteó, parloteó y rió con risita tonta, como las demás chicas; después de cenar emprendió la alemana, y la tropezó torpemente, casi derribando a su pareja con su larga falda, y retozando de un modo que escandalizó a Laurie, quien observaba y meditaba un sermón. Pero no tuvo oportunidad de pronunciarlo, pues Meg se mantuvo alejada de él hasta que vino a despedirse.
—¡Recuerda! —dijo, intentando sonreír, pues la migraña ya había comenzado.