Pero no pudo encontrar suficiente como para conformarse, pues las mejillas estaban muy delgadas y las manos parecían demasiado débiles para sostener siquiera las rosadas conchas que habían estado recolectando. Comprendió entonces con más amargura que nunca que Beth se iba alejando lentamente de ella, y sus brazos estrecharon instintivamente con más fuerza al tesoro más querido que poseía. Por un minuto sus ojos estuvieron demasiado nublados para ver, y, cuando se despejaron, Beth la miraba con tanta ternura que apenas hacía falta que dijera:
—Jo, querida, me alegra que lo sepas. He intentado decírtelo, pero no he podido.
No hubo más respuesta que la mejilla de su hermana contra la suya, ni siquiera lágrimas; pues cuando estaba más conmovida, Jo no lloraba. Ella era la más débil entonces, y Beth intentaba consolarla y sostenerla, con los brazos alrededor de ella y las palabras reconfortantes que le susurraba al oído.
“Hace tiempo que lo sé, querida, y ahora que ya me he acostumbrado, no es difícil de pensar ni de soportar. Profrúrate de verlo así, y no te preocupes por mí, porque es lo mejor; de verdad que lo es.”
—¿Es esto lo que te hizo tan infeliz en otoño, Beth? No lo sentías entonces y te lo callaste durante tanto tiempo, ¿verdad? —preguntó Jo, negándose a ver o a decir que era lo mejor, pero alegrándose de saber que Laurie no tenía nada que ver con la pena de Beth.
—Sí, entonces renuncié a la esperanza, pero no me gustaba admitirlo. Intenté pensar que era un capricho de enferma y no quería que eso