y el Señor te bendecirá por ello, ya verás cómo sí.
Mientras cosían juntas, Jo descubrió cuánto había mejorado su hermana Meg; qué bien sabía hablar, cuánto sabía sobre los buenos impulsos, pensamientos y sentimientos femeninos, lo feliz que era con su marido y sus hijos, y cuánto estaban haciendo todos los unos por los otros.
—Al fin y al cabo, el matrimonio es una excelente institución. Me pregunto si yo florecería ni la mitad de bien que tú, si lo intentara —dijo Jo, mientras construía una cometa para Demi en la caótica guardería.
—Es justo lo que necesitas para sacar a relucir la mitad tierna y femenina de tu naturaleza, Jo. Eres como la cápsula de una castaña: espinosa por fuera, pero suave como la seda por dentro, y con un grano dulce, si uno tan solo logra llegar a él. El amor hará que muestres tu corazón algún día, y entonces la áspera cáscara se caerá.
—Las heladas abren los erizos de las castañas, señora, y hace falta una buena sacudida para tirarlas. Los muchachos van a buscar nueces, y no me apetece que me metan en el saco —respondió Jo, pegando con engrudo la cometa que ningún viento que soplara lograría levantar jamás, pues Daisy se había atado a sí misma como contrapeso.
Meg se rio, porque le alegraba ver un destello del viejo espíritu de Jo, pero sentía que era su deber imponer su opinión con todos los argumentos a su alcance; y las charlas entre hermanas no fueron en vano, sobre todo porque dos de los argumentos más eficaces de Meg eran los bebés, a quienes Jo quería tiernamente. > El dolor es el mejor abridor para algunos corazones, y el de Jo estaba casi a punto para la soga: un poco más de sol para madurar la nuez, luego, no la sacudida impaciente de un muchacho, sino la mano de un hombre extendida para arrancarla con cuidado de la cáscara y hallar la almendra sana y