sombrero, le pasaba el brazo por el suyo y empezaba a caminar de arriba abajo por el sendero soleado, bajo los castaños de hojas nuevas. Él se sentía más cómodo sobre sus piernas; y a Amy le resultaba muy agradable tener un brazo fuerte en el que apoyarse, un rostro familiar que le sonreyera y una voz amable que le hablara maravillosamente solo para ella.
El pintoresco y viejo jardín había dado abrigo a muchas parejas de enamorados y parecía hecho expresamente para ellas, tan soleado y apartado era, sin más testigo que la torre ni más confidente que el ancho lago, el cual se llevaba el eco de sus palabras al murmurar en la orilla.
Durante una hora, esta nueva pareja caminó y conversó, o descansó sobre el muro, disfrutando de las dulces influencias que otorgaban tanto encanto al tiempo y al lugar; y cuando una poco romántica campana para cenar los hizo marchar, Amy sintió como si hubiera dejado atrás su carga de soledad y tristeza en el jardín del castillo.