encandiló al instante. La guardería, donde debo dar clases y coser, es una habitación agradable al lado del salón privado de la señora Kirke, y las dos niñas son bonitas —bastante malcriadas, me parece, pero me cogieron cariño después de contarles ‘Los siete cerdos malos’; y no dudo de que seré una institutriz modelo. “Voy a hacer las comidas con las niñas, si lo prefiero a la mesa grande, y por ahora así lo haré, pues soy tímida, aunque nadie vaya a creérselo. “—Ahora, querida, ponte cómoda —dijo la señora K. a su modo maternal—; voy de bólido de la mañana a la noche, como podrás imaginar con una familia así; pero me quitaré un gran peso de encima si sé que las niñas están seguras contigo. Mis habitaciones están siempre abiertas para ti, y la tuya será tan cómoda como pueda hacerla. Hay gente agradable en la casa si te sientes sociable, y tus tardes son siempre libres. Ven a verme si algo va mal, y sé tan feliz como puedas. Ahí está la campana del té; debo correr a cambiarme la cofina —y salió atareada, dejándome instalar en mi nuevo nido. “Al bajar las escaleras, poco después, vi algo que me gustó. Los tramos son muy largos en esta casa alta, y mientras esperaba en lo alto del tercero a que una sirvientita subiera cargada, vi a un caballero que venía detrás de ella, le quitaba el pesado costal de carbón de las manos, lo llevaba hasta arriba del todo, lo dejaba junto a una puerta cercana y se marchaba diciendo, con un amable movimiento de cabeza y acento extranjero— “—Va mejor así. La espaldita es demasiado joven para llevar tanta pesadez.
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XXXIII. El diario de Jo
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