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nydus/Little WomenPublic
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XI. Experiments

—Ha pasado hambre, y no será horneado ahora que está muerto. Le haré un sudario, y será enterrado en el jardín; y nunca volveré a tener otro pájaro, ¡nunca, mi Pip! porque soy demasiado mala para tener uno —murmuró Beth, sentada en el suelo con su mascota envuelta entre las manos.

—El funeral será esta tarde, e iremos todos. Vamos, no llores, Bethy; es una pena, pero nada sale bien esta semana, y Pip se ha llevado la peor parte del experimento. Haz la mortaja y ponlo en mi caja; y, después de la cena, tendremos un pequeño y agradable funeral —dijo Jo, empezando a sentir como si se hubiera comprometido a demasiado.

Dejando a los demás para que consolaran a Beth, se fue a la cocina, la cual se encontraba en un estado de confusión de lo más desalentador.

Poniéndose un delantal grande, se puso manos a la obra y dejó los platos amontonados y listos para lavar, cuando descubrió que el fuego se había apagado.

—¡He aquí una hermosa perspectiva! —murmuró Jo, abriendo la puerta de la estufa de un golpe y removiendo enérgicamente entre las cenizas.

Habiendo avivado el fuego, pensó en ir al mercado mientras se calentaba el agua. El paseo le animó el espíritu; y, engreída con la idea de que había hecho buenas compras, regresó penosamente a casa tras comprar un bogavante muy tierno, unos espárragos muy viejos y dos cajitas de fresas ácidas. Para cuando terminó de ordenar todo, llegó la comida y la estufa estaba al rojo vivo. Hannah había dejado una cacerola de pan para que leudara —Meg lo había preparado temprano, lo había puesto en el hogar para un segundo leudado y se había olvidado de él—. Meg estaba entreteniendo a Sallie Gardiner en el salón, cuando la puerta se abrió de par en par y apareció una figura enharinada, tiznada, sofocada y desaliñada, que preguntó con aspereza:

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