sentarla en sus rodillas, apoyando su ajada mejilla contra la rosada de la niña, con la sensación de haber recuperado a su propia nieta. Beth dejó de temerle desde aquel mismo instante, y se quedó allí charlando con él tan agusto como si lo hubiera conocido de toda la vida; porque el amor echa fuera el temor, y la gratitud puede vencer al orgullo. Cuando ella se fue a casa, él la acompañó hasta su puerta, le dio un apretón de manos con cordialidad y se tocó el sombrero al emprender el camino de regreso, luciendo muy digno y erguido, como el apuesto y marcial anciano que era.
Cuando las muchachas vieron aquella representación, Jo se puso a bailar una jig como muestra de satisfacción; Amy casi se cae por la ventana debido a la sorpresa, y Meg exclamó con las manos en alto: «¡Vaya, sí que creo que el mundo se va a acabar!».