«Por supuesto que sí, de todo corazón, o a cualquier otro sitio que quieras. Llevas tanto tiempo encerrada que te sentará de maravilla, y a mí me encantará, por encima de todo. ¿Qué se te ha metido en la cabeza, madrecita?».
—Bueno, el otro día tuve una charla con mamá y le conté lo nerviosa, irritable y desganada que me sentía; y me dijo que necesitaba un cambio y menos preocupaciones. Así que Hannah me ayudará con los niños, yo me encargaré más de las cosas de la casa y de vez en cuando me divertiré un poco, solo para evitar convertirme en una mujer vieja, quisquillosa y agotada antes de tiempo. Es solo un experimento, John, y quiero probarlo tanto por ti como por mí, porque últimamente te he tenido descuidado vergonzosamente, y voy a hacer que el hogar vuelva a ser lo que era, si puedo. No te opones, espero que no.
No importa lo que dijera John, ni el peligro inminente que corrió el pequeño sombrero de arruinarse por completo; todo lo que nos importa saber es que John no pareció poner objeciones, a juzgar por los cambios que tuvieron lugar gradualmente en la casa y sus habitantes. No era el Paraíso ni mucho menos, pero todos salieron ganando con el sistema de división del trabajo; los niños prosperaron bajo el mandato paternal, pues el metódico y firme John trajo el orden y la obediencia al mundo infantil, mientras Meg recuperaba el ánimo y calmaba sus nervios con abundante ejercicio saludable, un poco de placer y mucha conversación confidencial con su sensato esposo. El hogar volvió a parecer un hogar, y John no tenía deseos de salir de él, a menos que fuera con Meg. Los Scott empezaban a visitar a los Brooke, y todos encontraban en la casita un lugar alegre, lleno de felicidad,