poco de ayuda, cuando vale por una docena de nosotros los holgazanes, ¿o sí?»
—Claro que no; pero no le veo la utilidad a que tengas diecisiete chalecos, corbatas sin fin y un sombrero nuevo cada vez que vienes a casa. Pensaba que ya habías superado la época de dandy, pero de vez en cuando te da por ahí otra vez. Ahora mismo está de moda ser horrible —hacer que tu cabeza parezca un cepillo de fregar, llevar una camisa de fuerza, guantes naranjas y botas toscas de punta cuadrada—. Si fuera una fealdad barata, no diría nada; pero cuesta tanto como lo otro, y yo no le veo ninguna gracia.
Laurie echó la cabeza hacia atrás y se río con tanta ganas de este ataque, que la palangana de fieltro se cayó, y Jo la pisó, insulto que solo le dio la oportunidad de explayarse sobre las ventajas de un atuendo práctico y sin pretensiones, mientras doblaba el sombrero maltratado y se lo metía en el bolsillo.
—¡No me des más sermones, alma de cántaro! Ya tengo bastante durante toda la semana, y me gusta disfrutar cuando vuelvo a casa. Mañana me arreglaré sin reparar en gastos, y seré la satisfacción de mis amigos.
—Te dejaré en paz con la única condición de que te dejes crecer el pelo. No soy aristocrática, pero me opongo rotundamente a que me vean con una persona que parece un joven boxeador —observó Jo con severidad.
—Este estilo modesto favorece el estudio; por eso lo adoptamos —replicó Laurie, a quien ciertamente no se podía acusar de vanidad, ya que había sacrificado voluntariamente una hermosa mata de rizos por exigencia de un rapado de medio centímetro de largo.
“A propósito, Jo, creo que ese pequeño Parker de verdad está perdiendo la cabeza por Amy. Habla de ella constantemente, escribe poesía y anda