su ansiedad. A Amy le gustó la idea, y le dio permiso para arreglar el pequeño armario junto a su habitación, esperando que le hiciera bien.
—Ojalá supiera adónde irán a parar todas estas lindas cosas cuando la tía March muera —dijo, mientras volvía a colocar lentamente el brillante rosario y cerraba los cofrecillos de joyas uno por uno.
—Para usted y para sus hermanas. Lo sé; Madame confía en mí; fui testigo de su testamento, y así ha de ser —susurró Esther, sonriendo.
—¡Qué bonito! Pero ojalá nos los hubiera dado ahora. La pros-cra-ti-na-ción no es nada agradable —observó Amy, echando un último vistazo a los diamantes.
«Aún es demasiado pronto para que las señoritas lleven estas cosas. La primera que se comprometa tendrá las perlas —la señora así lo ha dicho—; y tengo el pálpito de que el pequeño anillo de turquesa te lo darán a ti cuando te marches, pues la señora aprueba tu buen comportamiento y tus encantadores modales».