¡Qué oscuros parecían los días ahora, qué triste y solitaria la casa, y qué pesados eran los corazones de las hermanas mientras trabajaban y esperaban, mientras la sombra de la muerte se cernía sobre el que una vez fuera un hogar feliz!
Fue entonces cuando Margaret, sentada a solas y con lágrimas cayendo a menudo sobre su labor, sintió cuán rica había sido en cosas más preciosas que cualquier lujo que el dinero pudiera comprar: en amor, protección, paz y salud, las verdaderas bendiciones de la vida.
Fue entonces cuando Jo, viviendo en la habitación a oscuras, con aquella hermanita sufriente siempre ante los ojos, y aquella voz patética resonando en sus oídos, aprendió a ver la belleza y la dulzura de la naturaleza de Beth, a sentir cuán profundo y tierno lugar ocupaba en todos los corazones, y a reconocer el valor de la desinteresada ambición de Beth: vivir para los demás y hacer feliz el hogar mediante la práctica de esas sencillas virtudes que todos pueden poseer, y que todos deberían amar y valorar más que al talento, la riqueza o la belleza.
Y Amy, en su exilio, anhelaba fervientemente estar en casa para poder trabajar por Beth, sintiendo ahora que ningún servicio sería difícil o pesado, y recordando, con doliente pesar, cuántas tareas descuidadas habían hecho por ella aquellas manos dispuestas.
Laurie deambulaba por la casa como un fantasma inquieto, y el señor Laurence cerró con llave el piano de cola, porque no soportaba que le recordaran a la joven vecina que solía hacerle amena la hora del crepúsculo.
Todos echaban de menos a Beth. El lechero, el panadero, el tendero y el carnicero preguntaban por su salud; la pobre señora Hummel vino a pedir perdón por su inconsideración y a buscar una mortaja para Minna; los mandaderos y vecinos enviaron toda clase de consuelos y buenos deseos, y aun aquellos que la conocían mejor se sorprendieron al descubrir cuántos amigos se habia ganado la tímida y pequeña Beth.