La primera boda
Las rosas de junio sobre el porche se despertaron bien temprano en aquella mañana, regocijándose con todo el corazón bajo el sol despejado, como los amigables vecinitos que eran.
Totalmente arreboladas de emoción lucían sus caritas rojas mientras se mecían con el viento, susurrándose mutuamente lo que habían visto; pues algunas se asomaban por las ventanas del comedor, donde el banquete estaba servido, otras trepaban para saludar y sonreír a las hermanas mientras vestían a la novia, otras más daban la bienvenida agitando los pétalos a quienes iban y venían en diversos recados por el jardín, el porche y el vestíbulo, y todas, desde la flor más encendida y abierta hasta el capullo más tierno y pálido, ofrecían su tributo de belleza y fragancia a la dulce dueña que tanto las había amado y cuidado.
Meg parecía ella misma una rosa; pues todo lo mejor y más dulce de su corazón y de su alma pareció florecer en su rostro aquel día, volviéndolo hermoso y tierno, con un encanto más bello que la belleza misma.
Ni seda, ni encaje, ni azahares quiso llevar.
«No quiero parecer extraña ni arreglada hoy —dijo—. No quiero una boda a la moda, sino solo a aquellos a quienes amo a mi alrededor, y ante ellos deseo lucir y ser mi yo de siempre».
De modo que ella misma se hizo su vestido de novia, cociendo en él las tiernas esperanzas y los romances inocentes de un corazón de muchacha.