Sus esfuerzos en este sentido, sin embargo, se vieron bruscamente interrumpidos por un desgraciado accidente que apagó su ardor. Como por un tiempo le faltaron otros modelos, se propuso moldear su propio pie bonito, y la familia se alarmó un día con unos golpes y gritos espeluznantes y, corriendo al rescate, encontró a la joven entusiasta saltando desbocada por el cobertizo, con el pie prisionero en una sartén llena de yeso, que se había endurecido con rapidez inesperada. Con mucha dificultad y cierto peligro la desenterraron; pues Jo estaba tan atacada de risa mientras cavaba, que el cuchillo se le fue demasiado lejos, le cortó el pobre pie y dejó un recuerdo duradero de, al menos, un intento artístico.
Después de esto, Amy se calmó, hasta que una manía por dibujar del natural la llevó a rondar ríos, campos y bosques en busca de estudios pintorescos, y a suspirar por ruinas que copiar. Se cogía resfriados interminables sentándose en la hierba húmeda para plasmar en su cuaderno «un rincón delicioso», compuesto por una piedra, un tocón, un champiñón y el tallo roto de un verbasco, o «una masa celestial de nubes», que al terminar parecía una cuidada exposición de colchones de plumas. Sacrificó su cutis flotando en el río bajo el sol de pleno verano para estudiar la luz y la sombra, y le salió una arruga sobre la nariz al intentar captar «puntos de vista», o como se llame ese numerito de bizquear y medir con cordel.
Si «el genio es una paciencia eterna», como afirma Miguel Ángel, Amy ciertamente tenía derecho al atributo divino, pues perseveró a pesar de todos los obstáculos, fracasos y desalientos, creyendo firmemente que con el tiempo haría algo digno de ser llamado «arte elevado».
Mientras tanto, ella iba aprendiendo, haciendo y disfrutando de otras cosas, pues se había propuesto ser una mujer atractiva y culta, aunque nunca llegara a ser una gran artista.