—No fue fácil, pero no me atreví a sacarte de aquel hogar tan feliz hasta poder vislumbrar la perspectiva de ofrecerte otro, tras mucho tiempo, tal vez, y mucho trabajo. ¿Cómo iba a pedirte que renunciaras a tanto por un pobre viejo, que no tiene más fortuna que un poco de instrucción?
—Me alegra que seas pobre; no podría soportar un marido rico —dijo Jo con decisión, y añadió en un tono más suelto—: No temas a la pobreza; la conozco desde hace bastante como para haber perdido el miedo y ser feliz trabajando por los que amo; y no te llames viejo; los cuarenta son la flor de la vida. ¡No podría evitar amarte aunque tuvieras setenta!
Al Profesor le pareció aquello tan tierno que habría cogido con gusto su pañuelo si hubiera podido alcanzarlo; como no pudo, Jo le secó los ojos y dijo, riendo, mientras retiraba un par de paquetes—
—Puede que tenga una voluntad firme, pero nadie puede decir que ahora estoy fuera de mi esfera, pues se supone que la misión especial de la mujer es secar lágrimas y cargar con pesares. Voy a llevar mi parte, Friedrich, y a ayudar a ganar el hogar. Hazte a la idea, o no iré jamás —añadió resuelta, mientras él intentaba recuperar su carga.
—Ya veremos. ¿Tienes paciencia para esperar mucho tiempo, Jo? Debo marcharme y hacer mi trabajo a solas. Debo ayudar a mis muchachos primero, porque, ni siquiera por ti, puedo faltar a mi palabra con Minna. ¿Puedes perdonar eso y ser feliz mientras esperamos y abrigamos esperanzas?
—Sí, sé que puedo; porque nos amamos, y eso hace que todo lo demás sea fácil de soportar. Tengo mi deber, también, y mi trabajo. No podría ser feliz si los descuidara ni siquiera por ti, así que no hay necesidad de prisas ni impaciencias. Tú puedes hacer tu parte en el Oeste, yo puedo hacer la mía aquí, y ambos ser felices esperando lo mejor, y dejando que el futuro sea como Dios quiera.