Se dedicó a escribir historias de misterio y suspense; pues en aquellos oscuros tiempos, hasta la perfectísima América leía bazofia. No se lo contó a nadie, sino que ideó un «relato emocionante» y lo llevó ella misma con valentía al señor Dashwood, redactor del Weekly Volcano. Jamás había leído Sartor Resartus, pero tenía el instinto femenino de que la ropa ejerce sobre muchos una influencia más poderosa que el valor del carácter o la magia de los modales. Así pues, se vistió con sus mejores galas y, tratando de convencerse de que no estaba ni alterada ni nerviosa, subió con valentía dos tramos de escaleras oscuras y sucias para verse en una habitación desordenada, envuelta en una nube de humo de puro y ante la presencia de tres caballeros que estaban sentados con los talones bastante más altos que sus sombreros, prendas que ninguno de ellos se molestó en quitarse a su llegada. Algo intimidada por este recibimiento, Jo dudó en el umbral y murmuró muy apurada:
—Perdone, estaba buscando la oficina del Weekly Volcano; quería ver al señor Dashwood.
Abajo fueron los tacones más altos, arriba se levantó el caballero más estirado, y, cuidando con esmero su puro entre los dedos, avanzó con un movimiento de cabeza y un semblante que no expresaba otra cosa que sueño.
Sintiendo que tenía que salir del paso como fuera, Jo sacó su manuscrito y, enrojeciendo cada vez más con cada frase, soltó a tropezones fragmentos del breve discurso cuidadosamente preparado para la ocasión.
“Un amigo mío me pidió que le ofreciera —un cuento— a modo de experimento— le gustaría saber su opinión— tendría el gusto de escribir más si este le agrada”.
Mientras ella se sonrojaba y titubeaba, el señor Dashwood había tomado el manuscrito y estaba pasando las hojas con unos dedos bastante sucios, echando miradas críticas de arriba abajo a las pulcras páginas.