“Tabaquera —dijo Jo con tono sepulcral, lo que convulsionó al público—”.
«—Gracias —dijo el caballero cortésmente, mientras tomaba una pizca y estornudaba siete veces con tanta violencia que se le cayó la cabeza—. ¡Ja, ja! —rió el fantasma; y tras mirar por el ojo de la llave a las princesas hilando a más no poder, el espíritu maligno recogió a su víctima y la metió en una gran caja de lata, donde había otros once caballeros apiñados sin cabeza, como sardinas, los cuales se levantaron todos y empezaron a—».
—Baila un hornpipe —interrumpió Fred cuando Jo se detuvo para tomar aliento—; y, mientras bailaban, el viejo y desvencijado castillo se convirtió en un buque de guerra a todo traqueteo. «¡Izad el foque, arriad las drizas de gavia, caña a la vía y a los cañones!», rugió el capitán cuando un pirata portugués apareció en el horizonte con una bandera negra como la tinta ondeando en el trinquete. «¡Al abordaje y a vencer, muchachos!», dice el capitán; y comenzó una pelea tremenda. Por supuesto, los británicos vencieron; siempre lo hacen.
—¡No, no lo hacen! —exclamó Jo, a un lado.
—Habiendo hecho prisionero al capitán pirata, pasado por encima de la goleta, cuyas cubiertas estaban repletas de muertos y cuyos imbornales de sotavento destilaban sangre, pues la orden había sido: «¡Sables y morir con las botas puestas!». —Contramaestre, tome un cabo del escote del foque volante y muela a este villano a palos si no confiesa sus pecados a la voz de ya —dijo el capitán británico. El portugués calló como una tumba y caminó por la plancha, mientras los alegres marineros vitoreaban como locos. Pero el muy pícaro se