—¡Qué bonito suena! Ojalá alguien me escribiera a mí así —dijo Amy, a quien la manera antigua de dirigirse le parecía muy elegante.
«“He tenido muchas zapatillas en mi vida, pero nunca he tenido ninguna que me sentara tan bien como las tuyas”, prosiguió Jo. “El pensamiento es mi flor favorita, y estas siempre me recordarán a la dulce persona que me las dio. Me gusta pagar mis deudas, así que sé que usted permitirá que ‘el viejo caballero’ le envíe algo que una vez perteneció a la pequeña nieta que perdió. Con sincero agradecimiento y mis mejores deseos, me despido—”
—¡Vaya, Beth, eso sí que es un honor del que estar orgullosa, te lo aseguro! Laurie me contó cuánto quería el señor Laurence a la niña que murió y cómo guardaba con esmero todas sus cositas. Piénsalo, te ha regalado su piano. Eso te pasa por tener grandes ojos azules y amar la música —dijo Jo, intentando calmar a Beth, que temblaba y parecía más exaltada que nunca en su vida.
—Mira los ingeniosos apliques para poner velas, y la linda seda verde, fruncida, con una rosa de oro en el medio, y el bonito atril y la banqueta, todo completo —añadió Meg, abriendo el instrumento y mostrando sus encantos.
—«Su muy atento y seguro servidor, James Laurence»; pensar que te haya escrito eso a ti. Se lo diré a las chicas. Les parecerá magnífico —dijo Amy, muy impresionada por la nota.
—Prueba, cariño. A ver cómo suena el pianito de los niños —dijo Hannah, que siempre participaba de las alegrías y tristezas de la familia.
Así que Beth lo probó; y todos declararon que era el piano más extraordinario que jamás se hubiera oído. Evidentemente, acababa de ser