“La suciedad es pintoresca, así que no me importa. El río y las colinas son deliciosos, y estos vistazos a las callejuelas transversales son mi delicia. Ahora tendremos que esperar a que pase esa procesión; va a la iglesia de San Juan”.
Mientras Laurie contemplaba sin entusiasmo la procesión de sacerdotes bajo sus palios, monjas con velo blanco que llevaban cirios encendidos y alguna cofradía de azul que cantaba mientras caminaba, Amy lo observía y sintió que una nueva clase de timidez se apoderaba de ella; pues él había cambiado, y ya no encontraba al muchacho de cara alegre que había dejado en el hombre de aspecto melancólico que tenía al lado.
Era más apuesto que nunca y había mejorado mucho, pensaba ella; pero ahora que el rubor de placer por encontrarse con él había pasado, se le veía cansado y desanimado —no enfermo, ni exactamente infeliz, de mayor edad y más serio de lo que uno o dos años de vida próspera debían haberlo hecho.
Ella no lograba entenderlo y no se atrevía a hacer preguntas; así que sacudió la cabeza y arreó a sus ponis, mientras la procesión serpenteaba a través de los arcos del puente Paglioni y se desvanecía en la iglesia.
— ¿Qué pensez vous? —dijo, luciendo su francés, el cual había mejorado en cantidad, si no en calidad, desde que había venido al extranjero.
—Esa mademoiselle ha aprovechado muy bien el tiempo, y el resultado es encantador —respondió Laurie, haciendo una reverencia, con la mano en el corazón y una mirada de admiración.
Se sonrojó de placer, pero de algún modo el cumplido no la satisfizo como los sinceros elogios que él solía dedicarle en casa, cuando la rodeaba en los días festivos y le decía que era «típicamente alegre», con una sonrisa cordial y una palmada de aprobación en la cabeza.