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nydus/Little WomenPublic
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XXXIV. Un amigo

un profesor honorario en Berlín, aunque solo fuera un pobre maestro de lenguas en Estados Unidos; y su vida sencilla y de duro trabajo se vio muy embellecida por el toque de romanticismo que este descubrimiento le aportaba.

Otro y mejor don que el intelecto le fue revelado de un modo de lo más inesperado.

La señorita Norton tenía acceso a la sociedad literaria, que Jo jamás habría tenido la oportunidad de conocer de no ser por ella. La mujer solitaria sentía interés por la muchacha ambiciosa y, con amabilidad, le concedió muchos favores de esta índole tanto a Jo como al profesor.

Una noche, se los llevó con ella a un simposio selecto, celebrado en honor a varias celebridades.

Jo fue preparada para inclinarse y adorar a los poderosos a quienes había venerado con entusiasmo juvenil desde la distancia. Pero su reverencia por el genio recibió un duro golpe esa noche, y le costó tiempo recuperarse del descubrimiento de que las grandes criaturas eran solo hombres y mujeres después de todo. Imaginad su consternación al robar una furtiva mirada de admiración al poeta cuyos versos sugerían un ser etéreo alimentado de «espíritu, fuego y rocío», al contemplarlo devorar su cena con un ardor que enrojecía su rostro intelectual. Volviéndose como quien huye de un ídolo caído, hizo otros descubrimientos que disiparon rápidamente sus ilusiones románticas. El gran novelista oscilaba entre dos garrafas con la regularidad de un péndulo; el famoso clérigo coqueteaba abiertamente con una de las Madame de Staël de la época, la cual fulminaba con la mirada a otra Corinna que la satirizaba amablemente, tras maniobrar mejor que ella en los intentos por absorber al profundo filósofo, quien sorbía té al estilo de Johnson y parecía dormitar, dado que la loquacidad de la dama imposibilitaba la palabra. Las celebridades científicas, olvidándose de sus moluscos y periodos

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