Los demás se sentaron alrededor del fuego, charlando sin parar, sin importarles en absoluto el transcurso del tiempo, hasta que Meg, cuya mente maternal estaba convencida de que Daisy se había caído de la cama y que Demi había prendido fuego a su camisón estudiando la estructura de las cerillas, hizo ademán de irse.
—Tenemos que cantar a coro, a la vieja usanza, pues estamos todos juntos otra vez una vez más —dijo Jo, sintiendo que echarse una buena cantada sería una válvula de escape segura y agradable para las emociones jubilosas de su alma.
No estaban todas. Pero nadie consideró que las palabras fueran irreflexivas o falsas; pues Beth aún parecía estar entre ellas, una presencia pacífica, invisible, pero más querida que nunca, ya que la muerte no pudo romper la alianza del hogar que el amor había hecho indisoluble.
La sillita ocupaba su antiguo lugar; la cesta ordenada, con el trozo de labor que ella había dejado sin terminar cuando la aguja se volvió «tan pesada», seguía en su estante habitual; el amado instrumento, que ahora rara vez se tocaba, no había sido movido; y sobre él, el rostro de Beth, sereno y sonriente, como en los primeros días, las miraba desde lo alto, pareciendo decir: «Sed felices. Estoy aquí».
—Toca algo, Amy. Que oigan cuánto has mejorado —dijo Laurie, con un orgullo disculpable hacia su aventajada alumna.
Pero Amy susurró, con los ojos anegados de lágrimas, mientras hacía girar el desgastado taburete—
—Esta noche no, querido. Esta noche no puedo lucirme.
Pero ella demostró algo mejor que brillantez o técnica; pues cantaba las canciones de Beth con una música tan tierna en la voz que el mejor maestro no le habría podido enseñar, y conmovió los corazones de los