espacioso, con candados en las puertas y toda clase de comodidades para el correo—y también las hembras, si se me permite la expresión. Es la vieja casa de los martines; pero he tapado la entrada y hecho que el tejado se abra, para que pueda contener toda clase de cosas y ahorrarnos nuestro valioso tiempo. Cartas, manuscritos, libros y paquetes pueden introducirse allí; y, como cada nación tiene una llave, será extraordinariamente agradable, según creo. Permítanme presentar la llave del club y, con muchas gracias por su favor, tomar asiento.
Gran aplauso cuando el señor Weller depositó una pequeña llave sobre la mesa y volvió a tomar asiento; el calentador de camas resonó y se agitó violentamente, y pasó un rato antes de que pudiera restablecerse el orden.
Siguió una larga discusión, y todo el mundo lució de manera sorprendente, pues cada cual hizo su mejor esfuerzo; así que fue una reunión desacostumbradamente animada, y no se levantó hasta altas horas, momento en el que concluyó con tres agudos vítores para el nuevo miembro.
Nadie se arrepintió jamás de la admisión de Sam Weller, pues ningún club podría haber tenido un miembro más devoto, bien portado y jovial. Ciertamente aportó «espíritu» a las reuniones y «cierto tono» al periódico, ya que sus oraciones convulsionaban a sus oyentes y sus colaboraciones eran excelentes —patrióticas, clásicas, cómicas o dramáticas, pero jamás sentimentales—. Jo las consideraba dignas de Bacon, Milton o Shakespeare, y remozó sus propias obras con buen efecto, según creía.
El apartado de correos era una pequeña institución excelente y funcionaba a maravilla, pues por él pasaban casi tantas cosas estrafalarias como por la oficina real. Tragedias y corbatas, poesía y pepinillos, semillas de jardín y cartas largas, música y pan de jengibre, chanclas, invitaciones, regaños y perritos.