“—Yo quieré mi Bhaer —dijo la pequeñina, tirando su libro con fuerza y corriendo a su encuentro. “—Tú tendrás tu Bhaer; ven, pues, y recibe un buen abrazo de él, mi Tina —dijo el profesor, alzándola de un plumazo con una risa y sosteniéndola tan alto sobre su cabeza que ella tuvo que agachar su carita para besarlo. “—Ahora yo debe tuddiá mi lesión —continuó la graciosa niñita; así que él la sentó a la mesa, abrió el gran diccionario que ella había traído, le dio un papel y un lápiz, y ella se puso a garabatear, pasando una hoja de vez en cuando y deslizando su regordete dedo por la página, como si buscara una palabra, con tanta seriedad que casi me delato con una risa, mientras el señor Bhaer se quedaba acariciando su bonito cabello con un aire paternal que me hizo pensar que debía ser suya, aunque parecía más francesa que alemana. “Otro golpe y la aparición de dos jóvenes me devolvieron al trabajo, y allí me quedé virtuosamente a través de todo el ruido y barullo que continuaba en la habitación de al lado. Una de las chicas no paraba de reírse afectada e iba diciendo ‘Ah, profesor’, en un tono coqueto, y la otra pronunciaba su alemán con un acento que debió de ponerle muy difícil mantenerse serio. “Ambas parecieron poner a prueba su paciencia severamente; pues más de una vez le oí decir con énfasis: ‘No, no, no es así; ustedes no han prestado atención a lo que digo’; y una vez se oyó un golpe fuerte, como si hubiera golpeado la mesa con su libro, seguido de la exclamación desesperada: ‘¡Prut! Hoy todo sale mal’.
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XXXIII. El diario de Jo
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