de su amargo dolor, Y al aprender esta dura lección, Mi gran pérdida se vuelve mi ganancia. Pues el toque del pesar hará Mi naturaleza indómita más serena, Dará a la vida nuevas aspiraciones, Una nueva confianza en lo invisible. “En adelante, a salvo al otro lado del río, Veré por siempre jamás A un amado espíritu del hogar Esperándome en la orilla. Esperanza y fe, nacidas de mi dolor, Se convertirán en ángeles guardianes, Y la hermana que se ha ido antes De sus manos me guiará a casa.”
Difusos y borrosos, defectuosos y débiles como eran los trazos, llevaron una expresión de inexpresible consuelo al rostro de Beth, pues su único pesar había sido haber hecho muy poco; y aquello parecía asegurarle que su vida no había sido inútil, que su muerte no traería la desesperación que temía.