Ned se sintió ofendido y recurrió a Sallie en busca de consuelo, diciéndole con cierto aire petulante: «No tiene ni una pizca de coqueta esa muchacha, ¿verdad?».
—Ni un ápice; pero es un encanto —respondió Sallie, defendiendo a su amiga aun mientras confesaba sus defectos.
—Bueno, al menos no es una cierva herida —dijo Ned, intentando tener gracia, con el mismo éxito que solemne y habitualmente suelen tener los jóvenes de su edad.
En el césped, donde se había reunido, el pequeño grupo se separó con cordiales buenas noches y despedidas, pues los Vaughn se iban a Canadá.
Mientras las cuatro hermanas regresaban a casa por el jardín, la señorita Kate las miró alejarse y dijo, sin un tono condescendiente en la voz: «A pesar de sus modales efusivos, las chicas estadounidenses son muy agradables cuando uno las conoce».
—Estoy muy de acuerdo con usted —dijo el señor Brooke.