que divina, y aún depositamos, con tierno lamento, reliquias en este santuario hogareño. La campanilla de plata, tan rara vez tocada, el gorrito que usó por última vez, la bella Catalina muerta que pendía, llevada por ángeles sobre su puerta; las canciones que cantaba, sin lamento, en su cárcel de dolor, por siempre se mezclan dulcemente con la lluvia estival que cae. > > “Sobre el campo pulido de la última tapa —leyenda ahora bella y verdadera— un galante caballero lleva en su escudo, «Amy», en letras de oro y azul. Dentro yacen cintas que ataron su cabello, zapatillas que han bailado su último baile, flores marchitas guardadas con esmero, abanicos cuyas etéreas labores han terminado; alegres valentines, todas llamas ardientes, fruslerías que desempeñaron su papel en esperanzas, temores y vergüenzas de jovencita: el registro de un corazón de doncella que ahora aprende sortilegios más bellos y verdaderos, escuchando, como un alegre estribillo, el sonido argentino de campanas de boda bajo la lluvia estival que cae. > > “Cuatro cajitas en hilera, opacas de polvo y ajadas por el tiempo, cuatro mujeres, enseñadas por la dicha y la desgracia a amar y trabajar en su plenitud. Cuatro hermanas, separadas por una hora, ninguna perdida, una sola que se adelantó, hechas por el poder inmortal del amor, más cercanas y queridas que nunca. Oh, cuando estos tesoros ocultos nuestros queden abiertos a los ojos del Padre, que sean ricos en horas doradas, acciones que resplandezcan mejor a la luz, vidas cuya valiente música resonará largo tiempo, como una tonada que aviva el espíritu, almas que con alegría se elevarán y
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XLVI. Bajo el paraguas
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