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nydus/Little WomenPublic
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XXIV. Cotilleo

Cotorreadora

Para que podamos empezar de nuevo, y asistir a la boda de Meg con la mente despejada, será bueno comenzar con un poco de cotilleo sobre los March.

Y aquí permítanme advertir que, si alguno de los mayores piensa que hay demasiado «coqueteo» en la historia, como temo que así sea (no temo que los jóvenes pongan esa objeción), solo puedo decir con la señora March: «¿Qué se puede esperar cuando tengo cuatro alegres muchachas en casa y un apuesto vecino al otro lado de la calle?».

Los tres años transcurridos han traído apenas unos pocos cambios a la tranquila familia. La guerra ha terminado, y el señor March está a salvo en casa, ocupado con sus libros y la pequeña parroquia que encontró en él a un ministro por naturaleza tanto como por gracia⁠—un hombre tranquilo y estudioso, rico en la sabiduría que es mejor que el saber, en la caridad que llama «hermano» a todo el género humano, en la piedad que florece en carácter, haciéndolo augusto y encantador.

Estas cualidades, a pesar de la pobreza y de la estricta integridad que lo marginaban de los éxitos más mundanos, le atrajeron a muchas personas admirables, tan naturalmente como las hierbas dulces atraen a las abejas, y con la misma naturalidad él les entregaba la miel en la que cincuenta años de dura experiencia no habían destilado ni una sola gota de amargura. Jóvenes entusiastas descubrieron que el erudito de canas cabellos tenía el corazón tan joven como el de ellos; mujeres pensativas o atribuladas acudían instintivamente a él con sus dudas y pesares, seguras de hallar la más tierna compasión y el

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