CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/Little WomenPublic
Página 529 de 738
Table of Contents

XXXIV. Un amigo

espumoso mar de la literatura sensacionalista; pero, gracias al salvavidas que le arrojó un amigo, volvió a flote, no muy peor por su chapuzón.

Como la mayoría de los jóvenes plumíferos, marchaba al extranjero en busca de sus personajes y decorados; y bandidos, condes, gitanas, monjas y duquesas aparecían en su escenario y desempeñaban sus papeles con toda la precisión y el brío que cabía esperar.

Sus lectores no eran muy exigentes con pequeñeces como la gramática, la puntuación y la verosimilitud, y el señor Dashwood le permitía amablemente llenar sus columnas por el precio más bajo, sin creer necesario decirle que la verdadera causa de su generosidad era el hecho de que uno de sus pencos, al ofrecerle un sueldo mayor, le había dejado vilmente en la estacada.

Pronto comenzó a interesarse por su trabajo, pues su demacrado monedero engordaba, y el pequeño alijo que iba ahorrando para llevar a Beth a las montañas el verano próximo crecía lenta pero inexorablemente a medida que pasaban las semanas.

Una sola cosa perturbaba su satisfacción, y era que no se lo contaba a los de casa. Tenía la sensación de que papá y mamá no lo aprobarían, y prefería salirse con la suya primero y pedir perdón después.

Era fácil guardar el secreto, pues ningún nombre aparecía con sus historias; el señor Dashwood lo había descubierto, por supuesto, muy pronto, pero prometió guardar silencio; y, cosa extraña, cumplió su palabra.

Ella pensó que aquello no le haría ningún mal, pues tenía la sincera intención de no escribir nada de lo que debiese avergonzarse, y acalló todos los remordimientos de conciencia anticipando el feliz minuto en que mostraría sus ganancias y se reiría de su secreto bien guardado.

529