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nydus/Little WomenPublic
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IX. Meg va a la Feria de la Vanidad

Compraban, paseaban, cabalgaban y hacían visitas todo el día; iban al teatro y a la ópera, o se divertían en casa por la noche, ya que Annie tenía muchos amigos y sabía cómo entretenerlos. Sus hermanas mayores eran unas señoritas muy finas, y una estaba comprometida, lo cual le parecía a Meg sumamente interesante y romántico. El señor Moffat era un caballero regordete y alegre que conocía a su padre; y la señora Moffat, una señora regordeta y alegre que cobró tanto afecto por Meg como su hija lo había hecho. Todo el mundo la mimaba; y a «Daisy», como la llamaban, le iba a faltar poco para que se le subieran los humos a la cabeza.

Cuando llegó la noche de la «fiesta íntima», descubrió que la popelina no servía en absoluto, pues las otras muchachas se ponían vestidos ligeros y se arreglaban con muchísimo esmero; así que salió el tarlatán, que se veía más viejo, lacio y raído que nunca al lado del flamante y crujiente vestido de Sallie.

Meg vio que las muchachas lo miraban y luego se miraban entre sí, y sus mejillas empezaron a arder, pues, a pesar de toda su dulzura, era muy orgullosa. Nadie dijo una sola palabra al respecto, pero Sallie se ofreció a peinarla, Annie a atarle la banda y Belle, la hermana comprometida, alabó sus blancos brazos; pero en esa amabilidad Meg solo vio compasión por su pobreza, y sintió el corazón muy apesadumbrado mientras se quedaba sola, mientras las otras reían, charlaban y revoloteaban como mariposas de gasa.

El sentimiento duro y amargo se estaba poniendo bastante feo, cuando la criada trajo una caja de flores. Antes de que pudiera hablar, Annie ya le había quitado la tapa, y todas exclamaban ante las hermosas rosas, brezos y helechos que contenía.

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