—¡Oh, Laurie, Laurie, sabía que vendrías a mí!
Creo que entonces todo quedó dicho y zanjado; pues, mientras permanecieron juntos un momento en absoluto silencio, con la cabeza oscura inclinada protectora sobre la clara, Amy sintió que nadie podía consolarla y sostenerla tan bien como Laurie, y Laurie decidió que Amy era la única mujer en el mundo capaz de ocupar el lugar de Jo y hacerlo feliz. No se lo dijo; pero ella no se sintió decepcionada, pues ambos intuyeron la verdad, quedaron satisfechos y, con alegría, le dejaron el resto al silencio.
En un minuto Amy volvió a su sitio; y, mientras se secaba las lágrimas, Laurie recogió los papeles esparcidos, encontrando en la vista de varias cartas ajadas y bocetos evocadores buenos augurios para el futuro.
Al sentarse a su lado, Amy volvió a sentirse tímida y se puso roja como la grana al recordar su impulsivo saludo.
—No pude evitarlo; me sentía tan sola y triste, y me alegro muchísimo de verte. Ha sido una sorpresa tan grande levantar la vista y encontrarte, justo cuando empezaba a temer que no vendrías —dijo, intentando en vano hablar con total naturalidad.
—Vine en cuanto me enteré. Ojalá pudiera decir algo para consolarte por la pérdida de la querida pequeña Beth; pero solo puedo sentir, y...
No pudo continuar, pues él también se volvió tímido de repente y no supo muy bien qué decir. Deseaba apoyar la cabeza de Amy en su hombro y decirle que llorara a gusto, pero no se atrevió; así que, en su lugar, le tomó la mano y se la apretó con simpatía, lo cual valía más que las palabras.
“No hace falta que digas nada; esto me consuela”, dijo ella suavemente.