him while Madam dozed; called her names before company, and behaved in all respects like a reprehensible old bird. Then she could not endure the dog—a fat, cross beast, who snarled and yelped at her when she made his toilet, and who lay on his back, with all his legs in the air and a most idiotic expression of countenance when he wanted something to eat, which was about a dozen times a day. The cook was bad-tempered, the old coachman deaf, and Esther the only one who ever took any notice of the young lady.
Esther era una francesa que había vivido con «Madame», como llamaba a su ama, durante muchos años, y que tiranizaba un poco a la anciana, la cual no podía arreglárselas sin ella.
Su verdadero nombre era Estelle, pero la tía March le ordenó que se lo cambiara, y ella obedeció, con la condición de que nunca le pidieran que cambiara de religión.
Tomó afecto a Mademoiselle, y la divertía muchísimo con extraños relatos de su vida en Francia, mientras Amy se sentaba con ella mientras almidonaba los encajes de Madame. También le permitía deambular por la gran casa y examinar las cosas curiosas y bonitas guardadas en los grandes roperos y los arcones antiguos, pues la tía March atesoraba como una urraca.
El principal deleite de Amy era un gabinete indio, lleno de cajones estrafalarios, pequeños casilleros y lugares secretos, en el que se guardaban toda clase de adornos, algunos preciosos, otros meramente curiosos, todos más o menos antiguos.
Examinar y ordenar estas cosas le proporcionaba a Amy una gran satisfacción, especialmente los cofres de joyas, en los cuales, sobre cojines de terciopelo, reposaban los adornos que habían engalanado a una belleza cuarenta años atrás.